Concurso Literario

La flor que creció en la esquina rota del pavimento.

LA FLOR QUE CRECIÓ EN LA ESQUINA ROTA DEL PAVIMENTO

Una semana antes de morir, mi abuela bajó de la cama descalza, moviendo los dedos de los pies con dificultad, pero sintiendo la movilidad de éstos como un regalo de Dios. Tomó su tanque de oxígeno y, dando pasos lentos y calculados, lo llevo arrastrando hasta el jardín trasero donde vivían sus sesenta y tres macetas. Se puso su viejo mandil cuadriculado que nadie nunca se había atrevido a descolgar del perchero, agarró la regadera y empezó a darles de beber agua a cada una de las flores que habitaban en ese espacio, espacio que siempre fue fuente de vitalidad y serenidad para ella. Tardó tres horas en regarlas todas. Yo la observaba desde la puerta, sentada en el bordillo, mientras pensaba: “ojalá no se me muera nunca”. No parecía inevitable.

Una semana antes no se le veía la muerte, menos mientras regaba sus flores a pesar del esfuerzo que requería moverse por el jardín con el tanque de oxígeno a un lado. No aceptó mi ayuda, decía que era un compromiso que ella tenía con sus flores. Mientras las gotas se filtraban por la tierra, noté cómo los colores de su cara se iluminaron, a pesar de que su rostro se había vuelto pálido, de que sus músculos habían perdido volumen, de que sus labios se habían vuelto morados… frente a todas ellas parecía que la vida nunca se había ido de ahí.

Me quedé un rato observando todas sus macetas: grandes, medianas, pequeñas. Macetas hechas de plástico, de cacerolas, de las latas de verduras que la abuela se negaba a tirar porque contaminaban mucho. Había flores de muchos colores, de muchas hojitas. Las formas de las hojas eran distintas, de tallos gruesos y delgados. Me sorprendió la diversidad de todas ellas.

  • ¿Cuál es tu flor favorita, abuela? Pregunté, pensando que señalaría a alguna en especial.
  • No hay favoritas- Respondió, mientras la miré con curiosidad.

Agarró una bolsita y se fue a sentar en la sillita del fondo, acomodó su tanque a lado, y se puso a pelar cacahuates encima del mandil. Me miró sin demora y con sabiduría me dijo:

Mi flor favorita es un tipo de flor -quizá girasol, quizás orquídea, quizá rosa, quizá garbera- que crece en la parte más alegre, más jovial y (quién sabe por qué) en la más poética y rota de los pueblos. Este tipo de flor crece en caminos ya transitados por paisajes libres de contaminación, de estrés, de promesas… libres de las derrotas, de las demoras y desamores. Es una flor que también crece en caminos no transitados con espejos de naturalezas vírgenes, aquellas no pisadas por los hombres y sus terribles manos que destruyen cuando dizque acarician.

Hay flores que nadie ve cómo viven y, sin embargo, viven: Flores coquetas, flores que revelan pócimas de una belleza que las humanas dejamos de ver en cuanto las arrancan para ofrecérnoslas como obsequio. Flores ya muertas que duelen cuando las respiras porque huelen a esas fragancias feas que la gente les echa para que no se note que se están muriendo.

Empezó a toser con agresividad, me preocupé y corrí hacia ella, pero me detuvo. Siempre se hacía responsable de sus malestares. Carraspeó la garganta y retomó:

También hay flores q ue no se mueren ni aunque las maten, mija, aunque las mate el clima, el tiempo, el hombre… este tipo de flor es la inmarcesible. La que vive a solas. A solas en los rincones. En los jardines abandonados. Aplastada entre las páginas de un libro. Entre grietas de tierra y soledades arboleadas. Las flores que están en todos lados donde todos las ven, pero son invisibles. Son aquellas flores que crecen en la esquina rota del pavimento.

Yo estoy muy vieja y enferma ya, lo único que me mantiene aquí es este tanque de oxígeno, de él depende mi vida, niña. Mira a tu alrededor.  A las flores no les gustan los floreros, porque no son refugios, son prisiones. A mí no me gusta este tanque porque es casi lo mismo. Recibo consuelo, pero no es suficiente, esto no es aire de a verdad. Las flores prefieren la lluvia antes que el agua que sale de las tuberías, hija. Las muchachas como tú y las viejas como yo somos esa flor que crece en la esquina rota del pavimento. Las que parece que están solas, creciendo lejos de su hábitat y de las demás flores. Que parece que nadie las riega, salvo las nubes.

Y esa es nuestra revolución. Andamos echando raíces donde el hombre anda echando cemento, el ancla radical del alma no es más que aquello que nace de nosotras y no lo que nos mantiene. A mí no me gusta estar sola, chamaca, siempre llevo conmigo una culpa. Un deseo. Un no sé qué quiero. Tengo gusanos bajo superficie que me consideraban su hogar mientras yo les alejé y he les he pedido que vuelvan.

Sus ojos se cristalizaron y se clavaron en mí como si quisieran protegerme de lo que me revelaría en seguida:

… Cuando apenas los rayos del sol me echan chispas y mi cabellera se despeina, cuando mis ojos se achican abrazando las ojeras que hacen un bultito bajo mis pestañas como si almacenaran las lágrimas que lloraría sí tan sólo me dejara llorar, cuando me veo en ti, cuando jalo tantito aire… me siento viva. Algo me sostiene, hija. No hablo de los tallos; me sostengo de recuerdos, de romances prohibidos, de posibilidades, de todo lo que ya no soy, pero que viví cuando todavía podía meter todo el aire que me entraba en los pulmones.  Yo no soy como todas estas flores, chamaca. No estoy hecha para habitar macetas. Yo me alimento de las gotas de la lluvia que no se estrellan en las ventanillas de los autos ni se hacen charcos; el rocío de éstas me cubre, me refresca, como lamiéndome las heridas cada que bajan por mis pétalos, resbalándose por mi pequeño y doblado cuerpo hasta difuminarse en la poca tierra –muy poca tierra- de la que me alcanzo a asomar.

Y no sólo el rocío, tengo un brillo en particular que sólo los que se enamoraron de mi manera de ser creyeron ver, pero sólo vi yo. Algún día se caerán mis pétalos y tal vez sólo así entenderé que quien las amó, no pudo amarme íntegra a mí. La poquita tierra que me cubre da tanto calor que se parece a los brazos de mi madre, tan tiernos como cuando me sostuvieron, tan duros cuando me rechazaron. Mi madre besó mis párpados calientes de tanto llorar, besó mis piecitos de bebé cuando todavía no aprendía a caminar, escuchó a mi corazón que de tanto romperse ya ni crujía.

Las mujeres fueron las únicas que me olían sin arrancarme. Los hombres, por el contrario, me mataron. Me dejaron abandonada en las bancas de los parques, en las paradas del tren…

Las flores de mi rancho estaban más tristes, pero eran sabias. Aquí en la ciudad sólo están tristes, pero no porque no sean sabias, sino porque no las dejan ser, hija. A ti no te dejan ser. Vivimos entre relojes, pasajeros y mujeres que van volando hacia la libertad de encadenarse… pero yo he visto que tú rompes las esquinas.

Terminó de pelar los cacahuates que tenía entre las piernas, hechos bola en el mandil, y empezó a aventárselos a los pájaros que se acercaban a ella como espectadores nobles.

Esta es una ciudad compuesta por -no me hagas caso- unas trecientas veintiséis calles que trazan una mancha urbana en la -cada vez más extinta- naturaleza. Antes aquí era rancho, chamaca. Antes aquí había árboles, pasto, tierra. De todas esas calles, quince no tienen cemento encima, se aplacan solitas con los zapatos de quien las camina. Las otras trecientas once sí tienen. El pavimento las cubre como si escondiera la huella de quien trabaja, de quien juega, de quien mendiga. El pavimento realza lo que el hombre llama civilización y esconde lo que yo llamaría el mundo -tal cual, desnudo-. En una de estas calles grises y duras habitas tú, en la parte más blanda. Las otras chicas de tu edad habitan jardines, floreros, adornos, macetas.

Y claro que las veo, a todas, a las niñas y muchachitas como tú y me aterra cuando un hombre te quiere arrancar para meterte en un florero; veo que te aferras a tu cuerpo y sacas las espinas; si lo hieres, tal vez te salves. O salves a la otra. Las flores que crecimos torcidas también tenemos propiedades curativas, así como lastimamos,  curamos… aunque algunas sólo se crean rosas por sus espinas.

Nunca me dejé de sentir viva, hija. Incluso cuando me sentía en peligro pues yo sobreviví a muchas manos que me arrancaron los pétalos, a mucho pies que me pisaron porque no se fijaron que yo estaba ahí, que yo también sentía, que yo también me dolía. Sobreviví a ráfagas de viento, a tormentas, a canículas, y nunca me detuvo el aire… todas mis hojas alimentaron gusanos, todas mis semillas dieron flores, todos mis estambres tejieron hogares para las arañas. Estuve aquí.

Bajo los tenues rayos de sol que atravesaban su rostro, noté como una aperlada y sincera lágrima bajó por su mejilla y se secó en su mandíbula, luego vinieron otras que ella difuminó en su rostro pasándose el mandil por sus ojos.

¿Qué flores somos, hija? ¿Girasoles? De esas que los enamorados cortan para arrancarle los pétalos diciendo “me quiere, no me quiere” o ¿quizás unas rosas? De esas que todos quieren por bonitas, pero que si no las sabes tocar bien te lastiman. ¿O una garbera? De esas que curan los dolores musculares -del corazón-. No sé qué flores somos. No sé cuántos pétalos se nos caigan cada que el viento sopla. No sé por qué se nos da tanto romper las reglas, los pavimentos. ¿Quiénes somos y de qué huimos cuando venimos a darle agua a las demás flores?

Mis ojos también se humedecieron, pero ella me vio con comprensión, como entendiendo mis lágrimas como un legado suyo porque no eran lágrimas de dolor, eran lágrimas puras, como las que salían por los agujeros de su regadera.

Hay que suponer que somos todas las flores sin ser ninguna, tal vez por eso me siento tranquila, en calma. Quizá no soy una flor y soy muchas. Muchas, incluso las que venden en las florerías y en las tiendas de regalo. Pero qué suerte la nuestra sentirnos de afuera, hija: estar en el pavimento, rompiéndolo, aunque sea de la esquina, aunque sea de tantito. Qué suerte vivir entre la soledad y dureza del asfalto, entre la fatiga y el cansancio del tiempo, entre el montón de gente que no sabe para dónde va, pero que va. Qué suerte saber qué habitamos pedazos de tierra fértil, limpia y no cárceles de vidrio, de plástico, de normas.  Qué suerte no oler a poesía, ni a romances. Ni a funeral. Qué suerte oler a todo eso que la gente no se da cuenta que existe. Estar a la altura del pecho de la calle, sintiendo el latido de nuestras hormigas.

Yo fui muy feliz, chamaca. Cuando cumplí 23 años y me salí de la casa, era como si nunca hubiera estado adentro. Observé las nubes, acolchonadas y blanquísimas, y me sorprendí de verlas sabiendo que siempre han estado allá arriba. Me senté en todas las aceras de mi colonia a mirar cómo se caían las flores de la jacaranda y las saludaba, más en Marzo, cuando toda la ciudad se vestía de morado y no te sentías sola.

Antes nadie le lloró a todas las flores que murieron aplastadas por las botas de los hombres, de los que rompían los jarrones en las paredes, de los que pusieron la regadera a lado pero nunca la llenaron de agua. Nadie le lloró a las flores que acababan en las banquetas después de haber sido arrojadas de las ramas más altas, después de haberles despojado toda su alma para hacer infusiones, tés, amarres… hasta que algunas pocas juntamos todas nuestras gotas para darles de beber, cuidarlas, verlas crecer y llorarles a nuestras hermanas marchitas. Tú y tu mamá siempre estuvieron hechas a base de mis lágrimas.

Cuando llegaba Marzo y todas las jacarandas soltaban las flores, le tejían un vestido hermoso a la ciudad, que desde los aires podía verse tan fino y aterciopelado. Suerte de las aves que pasaban por ahí. Suerte del cielo que tenía esa vista hermosa. Suerte de nosotras que nos tuvimos, hija. Por eso para mí las flores no sólo son para enamorar, para dar pésames, para tenerlas acá adentro. Todas ellas han sido mis amigas. Mi compañía. Si yo no les doy agua, el cielo me hace el favor. Pero no me gusta pedirle favores al cielo, confío en las demás. Llora mucho, hija. Crea con tu dolor.

Me dio la sensación de que ahora la abuela no me contaba nada a mí, sino a ella. Se acarició los hombros y sonrió con un poco de dificultad; tatuó en mi mente una sonrisa honesta, rotísima, pero honesta. Tocó su cara, pasó su yema por las arrugas que acomodaban su rostro y se detectó toda ella. Recordó la primera vez que escuchó a mi madre llorar después de haberla parido, recordó todos los ingredientes que echo al molcajete para la pomada de árnica que curó la primera herida que mamá se hizo, recordó la primera vez que sintió la panza de mi mamá anunciando mi llegada… recordó la mirada sabia de su madre, la última vez que la escuchó rezando por ella, la risa de sus hermanas, los abrazos de su tía. Y se quiso mucho. Y me miró susurrando que me quería mucho. Y a mi mamá.

No me quiero ir, hija. Pero las flores no son eternas cuando se trata de morir. Por eso hay que darles agua y paz. Hay que acariciar a la flor más escondida, a la flor más espinosa, a la flor más rota. Dale un abrazo a tus amigas de mi parte. Cuídate mucho, cuida a tu mamá y cuídense entre ustedes.

Se levantó de la sillita y caminó hacia la puerta.

  • No se te olvidé regar mis flores cuando yo ya no llore, chamaca.

Volvió a su habitación, puso su cabeza en la almohada y cerró los ojos. Durmió dos días seguidos, los posteriores sólo se despertaba para tomar agua y rezar en silencio. No volvió a hablar hasta que sus ojos se despidieron de mí. Y susurré que también la quería mucho.

Yo la vi morir. Era lunes a medio día. Mi mamá trabajaba once horas al día para que pudiéramos comer y no llegó a tiempo, cuando cruzó la puerta sus manos ya estaban heladas y su semblante de paz había cerrado con serenidad todo gesto de su rostro. Mamá, muy en el fondo, se culpaba de no haber llegado a sentir la calidez de su cuerpo por última vez, pues le pateaba el alma saber que la enfermedad de mi abuela no tenía cura – y pensaba que tampoco tenía cura el hambre sin trabajo, ni las violencias, ni los cánceres-  y era cuestión de tiempo… se despedía de ella todos los días, pero la extrañaba como nunca todas las mañanas mientras su recargaba su cabeza en la ventana del camión. Nunca habló de las lágrimas que dejaba quietas en ese cristal. Hasta que la abracé. Nos teníamos a nosotras.

El funeral de la abuela estuvo lleno de flores y las flores desprendían un olor extraño: como si por fin tuvieran la vida que alguien más les había quitado. Y por otro lado, mamá y yo nos dimos cuenta que algo de nosotras se había muerto con ella… pero todavía nos quedaba suficiente vida para regar las flores de la abuela…

para siempre.

 

Selene Berenice Pliego Hernández

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